El callejon del muerto

otra leyenda popular de la ciudad, es la del callejon que esta entre la iglesia de san fransico (la calle de fray bartolome de las casas) 

Cuenta la leyenda que…

En tiempos que ya pasaron, la iglesia de San Francisco de Valladolid estaba circundada por una tapia ondulada por cuya cima sobresalían copados fresnos y agudos cipreses. Al lado norte corría una estrecha calle de oriente a poniente limitada por casuchas destartaladas y por la tapia ondulada del cementerio. Como a la mitad de la calleja, había una casa que nadie jamás quería habitar por los espantos que según la fama en ella había, no sólo en esas horas medrosas de la noche en que doblaban las campanas de la vecina torre en sufragio de las ánimas del Purgatorio, sino hasta en la mitad del día, cuando los rayos del Sol todo lo iluminan y alegran. Sonar de pesada cadenas que se arrastran; crujir de goznes enmohecidos de puertas que se abren; maullar de gatos embravecidos; aullar de perros extraños; voces destempladas que gimen y sollozan; luces que se apagan y vuelven a brillar como fuegos fatuos; piedras lanzadas por mano invisible era lo que ordinariamente sucedía en aquella casa que dio nombre a la calleja que es el objeto de esta leyenda.

Don Diego Pérez de Estrada era un comerciante en paños, sedas y mantones que después de haber recorrido varias ciudades de la Nueva España por razón de su comercio, había fijado su residencia definitiva en Valladolid, por considerarla mas apropiada para sus proyectos de casarse con una heredera acaudalada cuanto bella y volverse luego a su pueblo que estaba situado entre las sinuosidades de las montañas santanderinas.

En efecto, entre la muchedumbre de muchachas vallisoletanas que acudían a su vistosa tienda conoció a la más linda y más rica joven que sobresalía entonces como reina de la belleza y de la gracia en esa tierra legendaria.

Doña Inés de la Cuenca y Fraga, huérfana de padre y madre y heredera de una de las más extensas y poderosas haciendas de la Tierra Caliente, rayaba en los veinte abriles y su reja era la mas rondada por los galanes más garridos de entonces. Y con razón. No era alta mas tampoco baja. Esbelta como palmera. Blanca como el armiño. Sus pies pequeños y arqueados. Sus manos llenas de hoyuelos con dedos redondos, largos y agudos. Sus brazos hechos a torno y cruzados por venas azules. Sus mejillas sonrosadas. Su barba partida. Su boca pequeña y purpúrea. Su rostro ovalado. Su frente pura y tersa. Su larga y espesa mata de cabellos parecía un haz de luz dorada. Sus dientes como dos sartas de perlas apretadas. Su nariz griega. Sus cejas finas y bañando todo aquel conjunto armónico la brillante luz de los soles de sus ojos cercados de crespas y áureas pestañas.

En lo moral era tan bella como en lo físico. Sus manos siempre abiertas como su corazón para aliviar las miserias de los enfermos y de los pobres. Su piedad severa, tierna y agradable. Su hablar cadencioso y mesurado estaba pronto a defender la honra de los demás mordida por la envidia o por el odio. Las viudas y los huérfanos encontraban en su casa, calor, techo y pan. De su cuenta no hubiera ningún desnudo ni hambriento. Todos tendrían casa en que vivir y comerían gallina. El día que nadie le pedía un favor se entristecía. En suma era una flor de virtudes. Don Diego, hombre de mundo, supo infiltrar paulatinamente en aquella hija de Eva tan hermosa y tan buena el amor, amor sincero, puro, acendrado de parte de ésta; amor interesado, vano y superficial de parte de aquél. !Pobre muchacha! Había caída en las redes del amor como la mosca en la tela de la araña.

Propiamente en Valladolid don Diego no había hecho de las suyas, a lo menos que en publico se supiese; en otras partes, había sido un calavera de marca, cuya patente la había logrado formar a fuerza de galanteos, cuchilladas con los matachines, y palos con las rondas. Era rumboso en extremo. Gastaba joyas riquísimas. Vestía con elegancia. Entre los suyos hablaba como carretero o peor que carretero y entre los extraños se expresaba pulcramente. No tenía, como suele decirse, padre ni madre ni perrito que le ladre. Conservaba en su atildada persona la apariencia de hombre de bien que necesitaba para lograr sus fines, y así pudo enredar a doña Inés.

Noche a noche a la luz de la luna o a la luz de la vela que ardía ante la imagen de la esquina, se veía a don Diego envuelto en su amplia capa ya yendo y viniendo a lo largo de la calle, ya al pie de la reja de su dama en íntimos coloquios con ella. A veces una alegre serenata lanzaba al viento sus acordes vibrantes y sonoros o sus quejas plañideras y sombrías, como señales del estado de ánimo de don Diego.

Llegó por fin, el día solemne en que don Diego pidió a doña Inés su mano. Esta antes de resolver quiso consultarlo con su padre espiritual para obrar con prudencia en un paso tan grave como el matrimonio.

Fray Pedro de la Cuesta, religioso franciscano, varón de acrisoladas virtudes, era el padre espiritual de doña Inés y al ser consultado por ésta acerca de si le convenía, o no casarse con don Diego, aplazó la resolución de aquel caso hasta no informarse minuciosamente de la conducta y origen de aquel aventurero que no de otra cosa tenía la catadura, a pesar de las apariencias. Después de muchas y laboriosas pesquisas supo que don Diego era de una familia santanderina de regular categoría y fortuna; pero que el era un hijo prodigo que pidió a su padre la parte de la herencia que le correspondía, para venirse a la Nueva España donde la disipó viviendo mal. Con lo que escapó de la prodigalidad, emprendió el negocio de andar de feria en feria con su carga de paños, sedas y mantones de Manila y a la fecha, con la experiencia adquirida, había logrado moderar su conducta y reunir una fortunilla que le permitía, a el solo, vivir desahogadamente y hasta con rumbo; que a varios de sus amigos había expresado más de una vez, que él por los excesos de su vida pasada, ya no podía amar de verdad, por tener gastado el corazón y que si fingía amor ardiente a doña Inés, era menos por ella que por sus cuantiosos bienes que a todo trance quería hacer suyos. De ella. . . ya se desharía a la mejor oportunidad que no faltaría.

Como del cielo, la tierra no hay nada oculto, el buen fraile pudo averiguar todo esto para aconsejar a su hija espiritual; y la aconsejó y ella hizo caso del consejo y dijo a don Diego que no, en una de las más bellas noches de invierno, a la luz de las estrellas y en el silencio de la reja.

Aquel no de la niña cayó sobre don Diego como terrible puñalada que de pronto lo dejó anonadado hasta más no poder; pero vino en seguida la reacción, y enfureciéndose, prometió llevar a cabo la más terrible de las venganzas en la persona del consejero.

Por varios días anduvo meditando la venganza. Realizó su mercancía. Quitó la tienda, y alquiló un cuartucho en la calleja que corre al lado norte del cementerio de la iglesia de San Francisco. Allí vivió algún tiempo acompañado tan sólo por un paisano suyo que era su dependiente y que ignoraba sus planes siniestros.

Una noche de tormenta en que las nubes negras y espesas se revolvían en el cielo como olas gigantes de un mar suspendido en el firmamento; en que los relámpagos y los truenos iban unos tras otros en precipitada marcha como ejército brillante y destructor; en que el viento enfurecido bramaba entre las calles oscuras y desiertas; en que la lluvia y el granizo azotaban sin piedad a Valladolid por todas partes; un embozado salía del cuartucho, entraba por la puerta del cementerio cruzaba por entre los sepulcros y los árboles y llegaba a la portería del convento. Dio tres o cuatro golpes con el llamador de bronce que era un lebrel que tenía entre sus patas delanteras una bolita. En seguida se abrió la puerta guarnecida de enormes clavos de bronce enmohecido, chirriando en sus goznes. Al aparecer al lego portero con su capucha calada, le dijo el embozado: -Hermano, en la vecina calleja un moribundo quiere confesar sus culpas a fray Pedro de la Cuesta. Decidle que por caridad no rehuse oír su confesión.

No tardó el religioso en salir y acompañado de aquel embozado se dirigió al sitio donde estaba el enfermo. Penetró en el cuartucho que estaba débilmente iluminado por una vela de cebo. Se acerco al lecho del moribundo que no era otro que don Diego. Le habla una y otra vez y don Diego no responde. Da voces el padre; entra el embozado, registran a don Diego y le encuentran muerto, empuñando una daga con la cual iba a matar a fray Pedro, en cuanto este, se acercase, a oír su confesión. En seguida se alejó más que de prisa el religioso exclamando: -!Yo confieso a vivos pero no a muertos!

A la mañana siguiente se divulgó en un momento el caso maravilloso y toda la gente decía: -“Vamos al callejón del muerto.”

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